Y su barba caía como una cascada de agua cristalina, brillante como el sol reflejado en un manantial. Y sus ojos, esos ojos, negros como la noche, profundos, callados, nostálgicos, sí, sus ojos, perdidos en la melodía de un ayer, de sonidos de un atardecer. Y sus manos, ásperas, toscas, marchitas como las flores sin agua, dos puntos marrones en su dedo derecho, marcando la blancura de su pálida tez; nada es del todo blanco; sopló única vez sus labios, esos labios, rojos, arrugados, secos, pero rojos, como la tinta de sus letras, que a penas, ahora se pueden leer.
Tiembla, juega, moviendo la mandíbula, recordando un inicio.
Pero silencio.
Y su saco, marrón, apolillado, parchado, aquel saco, que habla por él, aquel saco, que dice quien es. Y su corbata, con gotas de vino tinto, negra casi ploma o tal ves blanca. Le asfixia, le impide pasar la saliva, la suelta, la baja, le llega a la barriga, y respira.
Tiembla, juega, moviendo la mandíbula, recordando un inicio.
Pero silencio.
Sus manos pasean, sus dedos suben y bajan como manejados por hilos, sus dientes rechinan, la silla lé es incómoda, tiene la pata rota, tambalea, respira un nostálgico recuerdo, y deja caer sus manos, moviendo sus dedos al compás de sus letras, siguiendo la lectura de la melodía que sus labios soplan.
Tocó, recordó y sonrió. La magia de sus frescos dedos llenando aquel salón dorado de melodías exquisitas , risas, aplausos, gritos.
Silencio.
Y sus ojos, esos ojos, negros como la noche, profundos, callados, nostálgicos, sí, sus ojos, perdidos en la melodía de un ayer, de sonidos de un atardecer, que sus ancianos dedos no volvieron a tocar.
Tiembla, juega, moviendo la mandíbula, viviendo el final de aquel inicio, dejando el sonido fluir solo en recuerdos.
Sonríe.